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20080928

Pequeña aprendiz (2da parte)




Ya no me escribas más que me desespera.
Me gustaría mirarte a los ojos y decirte que va estar todo bien, o que voy a poder llegar a vos, y en vos.
Que voy a ser un tipo rudo y fuerte, que va satisfacer todas tus necesidades, y mientras vos me mirás desde la cama con ese vestido rojo,
esas trenzas y un dulce en tu boca.
Ese dulce, pico dulce, que sabes, es tu mejor amigo, porque somos insuficientes el uno con el otro, y yo no puedo llegar a vos. Estás del otro lado de la pantalla, y por más que intente tocarte no me va ser fácil acribillar todas mis fantasías, taparte la boca para que no grites los estereotipos, morderte un labio para no escuchar balbuceos, tocar tu pelo para que no te sientas hermosa, quitarte una hebilla de mariposa color naranja junto a ese moño tan suculento que lleva tu cabellera lacia, para que así no te sientas atada ni ridícula.
Me gustaría atarte de pies a cabeza, para que valores tu libertad emocional y no sientas
violadas tus necesidades, me gustaría quitarte la mano que reposa en tu pecho virgen, junto a ese anillo faldero que bien defiende lo más egocéntrico de tu colorada alma.
Sos sangre pura. Si te toco, me voy adentro. Si voy dentro tuyo como un inexperto, corro
el riesgo de que me rechaces, y de no volver nunca más a tu isla, a tu templo fugaz, a tus
carnes ni tus dulces.
Sería genial poder escuchar discos juntos, chocar las copas de vino tinto, pero tu boca todavía no esta preparada, ni tu belleza tampoco, puesto que sino hoy estaría dentro de tus sábanas y no desde esta prisión de caramelo.
Almíbar estilo aceite petróleo con toques de nicotina, palacios verdes florados, con hadas lesbianas y abejas seductoras que crean tu cuerpo una y otra vez, cada vez más así sembrando la seducción de tu mirada celeste fluorescente, de tu pelo, látigo baboso color mandarina, fuego de fuegos, aplanadora existencia que sustenta mis días de higo y manteca rancia hasta que abras tus portales de carne y amor.
Creo en el amor, en el sexo, en tus cabellos, en la cerveza, en tus ojos divinos, en el demonio, en tus llamas, tus pies diminutos, tus piernas eclesiásticas y tu neutralidad frente a mi. Tu antítesis, tu espejo deforme, que te muestra lo que nunca captarías si tuvieras poder de elección. Tu raza es excepcional, la mía experimental.
Tu santidad-virgo es un paso al inframundo del entierro espiritual, pero como me gusta pensar que soy el único y el primero en andar revoloteando a tu lado.
Si te viera malabarear me descompondría muchísimo, puesto que soy alérgico a verte hacer cosas bonitas, aunque me vea como un imbécil, y mientras cruzo Córdoba casi me arrolla el 109. Me gusta tu juventud, porque yo viví la mía, pero igual te envidio, porque sos bonita y quiero meterme en vos.
No voy a decirte que no soy un idiota, porque de eso vivimos todos, pero se que soy un idiota con una ampolla terrible en el dedo índice derecho, y además tengo una creencia en mi mismo que te puede deslumbrar.
Así como vos y tu firmeza a no dejarme entrar ni hoy ni nunca, porque sos hermosa, porque caminas excelente, porque fumas un cigarrillo como si deleitaras los vicios, porque te tocás el pelo de manera escrupulosa pero sin remordimientos, porque te tocás y yo me siento hipnotizado, dispuesto a volverme skinhead si así lo quisieras.
Se que nos llevamos casi seis años de muchísimas militancias, con los comunistas, con los troskos, con los reformistas, los peronistas, los anarquistas y los hippies dragones.
Pero no puedo sentirme de otra manera, más estúpido, menos audaz, más esquizofrénico, y muchísimo más autómata de lo que era antes de conocerte.
Envidio que me trates así con indiferencia, pero sabés que me fascina el lunar en tu mejilla derecha. Tan cerca de tus labios, de tu pequeña boca, un manantial perfecto para embadurnar con crema chantilly y chocolate blanco.
Y así debe haber más de mil billones de motivos por los cuales no querés estar conmigo,
debés tener más de ciento cincuenta afirmaciones de tus padres por las cuales soy ante tus ojos un alcohólico, también tu mejor amiga (quien es mucho más fea que vos) te debe haber dado una razón por la cual no darme una oportunidad.
Se que no te entiendo, pero en el fondo te entiendo perfectamente. Si me pongo en tus uñas, trataría de poder crearte una infección sentimental, así después puedo jugar al doctor un rato, y mostrarte el lado más rescatable, más responsable y más aburrido de mis personalidades.
Nunca me había fijado que tus atributos físicos eran tan idealizables.
Ahora que estoy aprendiendo escultura, te haría una replica exacta de tus tetas, de tus culos, de tus soberbias piernas, de tus cristalinas ideologías, de tus ombligos antipelusa, de tu pobre y pequeño corazón traicionado por los pocos hombres que conociste. Quizá más tarde me resistiría completamente a enamorarme de mi creación y poder hacerle todas las cosas que quiera, empezando por penetrarla de manera eficaz hasta llevarle el desayuno a la cama, mientras me tomo una cerveza roja. Pero después cuando pasara por la puerta de tu edificio te vería sonriente, y me daría muchísimo cargo de conciencia, así que volvería de manera muy veloz con la bicicleta de lona, a quemar la maldita y endemoniada creación frankenstaniana que hice por vos.
Hoy fui a pegar faso en parque centenario y mientras esperaba al pity me puse a pensar en las cosas que me gustaría hacer con vos.
Vaciar la heladera de casa, sacar la basura, tender la cama, limpiar el baño, ordenar mi
cuarto, comprarme ropa, verme alineado con el mundo, tomar cerveza en menor cantidad, hacerme un tatuaje, acompañarte al cine a ver una nueva de Tim Burton, escuchar juntos a Kusturica, estudiar, recibirme, ser alguien, dejar de escribir, obsesionarme e ir al baño tan seguido en el día. Después me di cuenta que ya había pasado una hora y media, que no tenía faso, ni motivos para que te acerques a mi.
Después de todo me doy cuenta que poco me importa, más que compartir un ratito juntos.
Me doy cuenta que sos lo más hermoso que vi en toda mi vida, y que te quiero mucho.
Ahora también me doy cuenta que tu inocencia está perdida, tu alma, tu espíritu, tu sexo
y tu amor también lo están. Y aunque hayas estado todo este tiempo delante mío, me arrepiento no haberte dicho todo esto cuando me mandaste aquellas fotos.
El cielo para mi ya no tiene color, el tiempo da igual, la cerveza está siempre tibia,
y aunque ya no camines más en este mundo siempre voy arrepentirme de no haber hecho nada.
Y como me gustaría que nunca hubieras muerto, que estuvieses viva y un rato al lado mío,
tocándome la frente un rato, jugando con mis dedos y diciéndome cosas feas al oído.

20080811

La prision (inconcluso 2)




Un crédito en el mundo correcto




Y la colorada tristeza se asomo detrás de mis oídos. Era tiempo de jugar al poker, de tomar un escocés, de sentirme arrogante por poder soñar y comprender cosas que ante no jugaba, ni pensaba que llegarían a existir.
Todo se volvió blanco y negro. Flashes constantes de nuestros cuerpos juntos, de ella preguntando si molestaba, y yo como un completo inútil respondía: “y….esta bien”.
Ya no hubo intersección de calle, pero las paralelas de mi existencia se fueron juntando, y terminamos a las dos de la mañana en el bar del centro, ese tan acribillado como si se tratase de la vieja Gergovie.
Su hermana y ella, Clarisa y Candente sus nombres, y que par de costumbres formamos aquel momento, en la esquina del lugar, teñido de oscuro sombrío. Alejado de la civilización, prepotentes de costumbrismo nos mirábamos los tres a los ojos, y montando diferentes posiciones nos habríamos a una nueva charla hiper espacial.
No hubo política, no hubo condiciones, simplemente dejarnos jugar.
Quizás Candente era más abierta, o quizá toda la cantidad de cerveza se le había subido demasiado
(como si se tratase de una replica de mi mismo) y sus sentencias se tornaban cada vez más eróticas,
y me recordaba que todavía debería tener una jurisdicción donde partir mis emociones.
Al final todo fue en vano, el alcohol subió a la sangre y nos descalabramos ahí en el piso mismo,
lleno de hedor y remordimiento, pero al menos pudimos tocarnos las piernas y el resto de ellas.
Sería un leve recuerdo para mis organizaciones, aceptar la necesidad de subirme el autoestima, debutando mis
momentos más romanticotes (o más persuasivos) con aquella belleza multifacético que toca todo lo que
convierte en oro.
Y si.. me sentía un lingote, un dólar americano, una corona checa, una libra esterlina, sin perder más tiempo
en devaluaciones tiré mis ultimas jugadas, sembrando así la necesidad de acreditarme dentro de un cuerpo
tan ingenuo, tan osado, y tan puro a la vez. No hubo dolor, solo hubo incongruencia de mi parte.
Una enorme racha de saliva humana cubrió las dos cabezas, los labios mojados en lágrimas parlantes,
una mezcla de drogadicción y películas de cine, un esplendor espontáneo, menester en estos momentos de
caudales sangrientos, donde la asquerosidad se torna en la belleza, y Marco Aurelio mira de reojo, para que
el imperio no llegue a su fin.
“Mi papá es un ex comisario”, fueron sus últimas palabras antes de degollarnos.

El Señor de Los Caramelos

Montañas blancas asemejándose a mis vistas. Tengo muchos sentidos alerta, pero por más que quiera resistirme,
hoy vuelvo a caer en todas estas películas complejas, planos secuencia de mi vida o quizá la de algún otro,
que tanto me necesita y como si no me diera cuenta, vivo, siento y de a ratos existo.
Me atemorizaría presentarme sobrio ante una situación, con la cabeza en blanco, y el líquido encéfalo raquídeo
fluyendo alegremente.
La alegría es el estado más cercano al suicidio. Una masturbación de sentidos que apenan las velas de una existencia monogámica,
que aplasta los dogmas de probar todo lo que sea alucinógeno, todo aquello que destrabe las programaciones con el mundo heterosexual que tanto demuele a los individuos,
sea así por sus creencias o sus supersticiones.
La visión estaba teñida de verde. Llegué como de costumbre al templo de los monjes, y fui instruido en una nueva disciplina, mis metodismos fueron sustituidos por una depresión inerte, mis técnicas de sonreír se transformaron en masacrarme con carcajadas interminables, y así supimos rendir culto a los salvadores de Gaia, que tanto desconectan la energía negativa.
Mi imaginaba a mi mismo en un túnel blanco, de terminación cónica, rodeado de una selva desolladora, sacudía mi viaje hacia la luz, una luz similar al fuego, de llamas eternas y de ningún tormento. El fuego que renace, como el ave fénix, y hoy me olvidé de todos los problemas, que cuanto había maldecido fue en vano, y que iluminarse es una de mis más envidiables características, por lo que ya no tenía sentido pensar lo malo de lo bueno, lo perfecto de lo patético, lo idiota de lo excelente, lo general de lo mediocre, y para coronarme al fin, deje mis brazos amputarse al calor de esa flama, quemando lentamente el túnel cónico.
Inhalando y exhalando complete aquel viaje astral.
El ritmo cardíaco era elevado.
Una sensación de volatidad recorría mis miembros, especialmente mi cerebro, que tanto divagar se enfermaba con pensamientos inhumanos, o humanos a la vez, si nos tenemos que poner a debatir sobre estos.
Las meditaciones fueron de muchos túneles, demasiados Fenixes renacieron en aquel momento, y simplemente pude dejarme llevar antes que me derritiera en mi propia soberbia.
Hoy pude escuchar demasiadas cosas, quizá muchas de ellas no debería conocer, ni enterarme, otras las debería haber amado, odiado, acribillado con mi ideología paupérrima, que empleo de vez en cuando, para convencer a alguien de que hoy estoy más intelectualoide, y me vas a respetar, te guste o no. La retórica de Sócrates básicamente.
Afuera la lluvia invadía todo. Tranquila y melancólica, cavaba senderos oscuros, preguntando hasta que punto íbamos a llegar con la meditación, cuanto más podíamos soportar enviciar los sentidos, en torrentes de Tiramisú, pan blanco y queso, jugo de naranja sin gas (no 0% y con plus de vitaminas), caramelos de damasco y ananá, cigarrillos varios, y otras cosas que no tiene sentido recordar.
El azúcar me puede. Una dosis de ellos cuando estoy hundido en un estilo Trainspotting, de fondo recuerdo las palabras: “..It’s just a perfect day, I’m glad I spended it with you..” y pienso por eternidades. El espacio temporal se vuelve la cucha de un perro, partículas subatómicas me avecinan la intuición de pensar que si hoy me muriese, no compartí nada con nadie.
Por ahí también compartí demasiadas cosas, y no quiero evidenciarlo de esa manera, porque me preocuparía en grandes cantidades morir y tener demasiados afectos.
Morir con un montón de gente alrededor, personas que te adoran, que te envidian, o que simplemente están ahí, para ser bombardeados como en el Guernica, si hoy tuviese que esfumarme… ¿Sería rápido e indoloro, para que yo no pueda comprenderlo? ¿Me mutilara el pensamiento primero, y después treparía el ataúd de mis últimos momentos, hundiéndome en vicios descomunales, catatónicos, de esquizofrenia ilimitada, parricidio o paredón a mi mismo, para después caer sublime ante la mirada?

20080731

La prisión (inconcluso 1)





Había estado sugestionándome un rato largo. El escape de las colinas pudo ser mucho más propicio que cualquier estrofa de un poeta malhumorado. Momentos de cocaína, pelos atómicos en las partes más ínfimas del cuerpo, una mente desgastada y la adrenalina que desbordaba los campos sensoriales de mi infierno.
Sonaban en mi mente los estallidos del cielo, le hacían blasfemar, desvariarme un poquito a la derecha, retomar mis ideologías y analizar los hechos que me frustraban el escape en este instante.
Tomé el camino hacia Avenida Monteaplastado y la intersección con el pasaje Mónaco.
Una zona industrial, un asco, la basura en las calles era el mismo asfalto, los adoquines teñidos de negro, el hollín, se acumulaba bajo las suelas de mis pies, cayos destapados por haber corrido toda mi vida.
Era de día aproximadamente cuando la gente empieza a desmembrarse y los puestos de choripán levantan sus carritos para que el movimiento de los camiones, no contagie a sus clientes. Estaba solo, pero acompañado. El ruido me taladraba la cabeza, y lo único que podía hacer era caminar en línea recta, hasta cruzarme con algún colectivo que me llevara lejos de allí.
El puerto estaba también a pocos metros, una hediondez, ruidos de grúa, barcos, gaviotas, obreros trabajando, millones de containeres con quien sabe que cosas, hasta inclusive muchísimos monta carga apilados unos con otros. Estaba de nuevo en Malos Aires. Pensé que mi escape iba a ser para siempre, pero el destino ata al individuo a sus más tristes temores, y aunque estos sean de una inmundicia desmesurada siempre se cae en el punto de partida del miedo humano.
La reflexión y la mitología son solo puntos de quiebre en la vida, laureles astrológicos de coronas que nunca llegan a las manos del más carenciado.
Era quizá el más diminuto de todos los gigantes del lugar.
Pequeño, sumiso y desconsiderado, pues me había escapado, pero aprisionado al mismo tiempo queriendo ser y dejar de pensar en que la vida me había caducado con sus cuentas vencidas, que el perfume de mujer aplastaba mi lengua, que las ideologías que llevaban mi bandera habían sido descuartizadas y solo entraría en conflicto conmigo mismo. Me recordaba a mi mismo, como una pintura. Mis más profundos deseos mono cromáticos ya no tenían incoherencia artística, sino que iban apagándose para fundirse con un azul, con un naranja linterna, y con el pincel de algún aristócrata que deseaba expresar sus sentimientos sin sentir nada. Pero era inerte.
Al movimiento sobre todo, a aquella ciudad-rata que tanto profundizaba la economía de un país represivo, ambiguo y productivamente explotado.
Finalmente (y con el cigarrillo consumido), pude llegar.
No se si había llegado a la intersección, o a lo más profundo de mis pensamientos, de mis fractales, y sencillamente me importaba un pito.

De fondo me acordaba del bolero “Regálame esta noche” y su bella cantante, que solitaria aún buscaba algo más que existir sin melancolía.
Y todo fluyo así sin demasiado perdón de su parte. Las dimensiones de mis alucinaciones eran casi extremas, y poco podría recordar sobre ese momento, especialmente al mirar los vehículos pasar, mientras dentro de mí se iba consumiendo la flama del pudor. Atado así a un montón de incongruencias de mi parte, volví al mismo túnel negro de siempre.
Pase de rodillas sin sentir demasiado, hasta toparme con la esperanza en vida. Un cuerpo increíble, y una necedad de lo más exquisita. Vagaba ella por los quehaceres de existir, mientras sin una perspicacia subordinada, miraba de reojo mis pensamientos volar y volar, para al final dejarme desconcertado. Inútil, sin resentimiento, pero útil al menos. Sin ganas demasiadas de explotarme, pero con la necesidad fatal de extender mi vuelo hacia un nido mejor.
El soundtrack de mi vida estaba siendo asediado. Los cambios temporales y espaciales volvían constantemente. Ahora estaba un poco mejor que en el otro universo, pero de cualquier forma, comenzaba a sentir la lucidez de a poco.
Ella se acerco a mí, caminando despacio, piernas entrecruzadas, y poso sus ojos frente a los míos. Una vida nos reencontraba, recuerdos de futuras relaciones, aquellos ojos súper dotados de color celeste en su centro, un sombreado arquitectónico marcando el fin y el comienzo de semejante estatuto. Unos ojos fascinantes, llenos de dolor, pero vacíos de emoción. Porque nunca había llegado, o porque no le interesaba, hacer algo más que mirar con su sencillez.
Pequeñas y hermosas manchas semi marrones en su cara, joven, simple, pero destellante a la vez. Ni una gota de soberbia en el cutis, y un esplendor acribillante en aquellas pecas.
Me exoneraba toda culpa. Las montañas batallaban y la música seguía y seguía.
Apenas recobre el conocimiento de mi mismo, sepulte el destino para siempre, de manera que pudiese dedicarme al aquí y ahora. Si la dejaba correr, iba ser una desgracia, si me dejaba aplastar, pronto mi lengua se hundiría y ya nada puede corresponderle a ella, oscilante criaturas de las que lloran piedra molida.
Demasiadas metáforas, mucha filosofía, y una pizca de inspiración fueron el recipiente.
Todo lo demás fue orinado como una costumbre mía, siendo ella mi cómplice, y así nos delatamos los pechos abiertos, las ganas de volar un rato, el destierro angelical, la sabiduría de los sonidos, y el color rojo de Jimi Hendrix.
Necesitábamos algo el uno del otro, y habernos cocinado a fuego lento, fue la mejor receta de todo esto.

Los instantes siguientes me secaron repetidamente, tuvimos que dejar el cuerpo para más tarde y volver al panorama industrial de mi conciencia, donde ya no quedan muchos seres humanos para expresarse.. donde hablar es un hábito extraño, pero habitar se torna en revolver basura, constantes situaciones desafiantes, para comprender que aun simple es más difícil fenecer.


Soundtrack:
Young Marble Giants
Young Marble Giants
Young Marble Giants

20080722

La importancia de sentirse menospreciado





A veces gris también. Quizá sea todo parte de una sensación incrédula que en esta vida me valgo por mí mismo y que no necesito de nada ni nadie, ninguna droga que me estimule, ni ningún beneficio que me acredite dinero en mi cuenta.
Decisiones unilaterales son los mocos de todas las mañanas, anfetaminas de televisión se tornan las tardes, y un pastizal de juegos de mesa.
Cuestiones verbales, mis dolencias mayores. Unidad esotérica mi mayor desafío.
Siento vagar en una carabela donde el sexo de esta es mi mejor amiga, aquel perro oscuro de Nick Drake con ojos inexpugnables, el maltrato de la sociedad, y la necesidad de andar solitario.
Perro de la lluvia, animal del rencor, antorcha del dolor, mimetizado con mis oídos, vértebras de la sugestión de estar enfermo.. y hoy sin embargo me siento más enfermo, por no tener nada, y que mi cabeza da vueltas todos los días, buscándole la alineación a las cosas, el sentido a vivir, menospreciarme la constancia de ser el ser más feliz de la tierra, en partes.
Cuestionado por las autoridades neurológicas, cuidado por mis placeres, y destrozado por mis vicios, de un ser humano, que quiere demasiado, y odia tan poco…..
Pero cuanto odio me tengo a mi mismo por no sublevarme todo este tiempo, a la emoción antropológica de las pastillas del amor.



(Kim Deal, Regalame esta noche.)

20080721

Anécdotas: ¿ficción o realidad?


Just like honey

(o como pude desconcentrarme)


A veces soy un completo malestar genérico. Siento la necesidad de adoptar facetas oscuras de mi vida, donde me proyecto como un gran dictador, un catastrófico jinete anti-cristiano, o un colosal monumento a lo absurdo.
Mis tiempos me condenan, hay otras veces sin embargo que me empalago de dulzura, soy como un oso de peluche, cada vez que me abrazan, me apretan saltan espinas de la planta más salvaje, y daño a quienes están alrededor mío pero es necesario mostrar una pequeña parte sensitiva.

Volví de la disquería, el tiempo estaba horrible como siempre en capital. Emprendí el largo trayecto de caminar entre zombis, desalmados y gente sin cabeza, una verdadera epidemia, pero mucho más normal de lo que me esperaba. Con el nuevo disco bajo la mano, un rubio en mi boca y las pocas ganas de vivir, me dirigí hacia la boca del subte, línea B, que va hasta Los Incas, un tren feo muy feo, rojo comunista pero sin la esencia de este, sin ideología, tren de hojalata.

Como era costumbre en mi anarquismo interior, no apagué el cigarrillo, bajé las escaleras, y procurando no ser visto (algo imposible con la muchedumbre de las seis de la tarde), salte el molinete represivo que ahí se encontraba. Un hombre alto, fofo, y con aspecto de orangután comenzó a correrme. Acto seguido la muchedumbre comenzó a percatarse que podían despertar, dejaron de ser maquinas mortales por tres segundos, y se transformaron en espectadores del coliseo romano, donde por primera vez mostraron gestos misericordiosos de risita.
Yo un osado gladiador, con un CD como mi mortífera arma, y él Orangután, un gladiador dispuesto a destriparme y llevarse mis últimos complejos contra el nuevo sistema gubernamental instaurado. Vehementemente le tire un par de escupitajos, procurando crear una especie de baba gigante que desencadenara un resbaladón fatal en él, y así yo, victorioso, podría llegar a casa para escuchar el nuevo disco y tomarme una buena cerveza como ameritan los miércoles. La bestia descomunal sin embargo, evadió mis ataques de proletariado, puso cuarta en su motor represor y picando a fondo me seguía por el pasillo interminable de la estación, la insoportable muchedumbre estaba detenida, todos reían y enviciados con el nuevo espectáculo tiraban frases de halago a mi exuberancia.

¡Que ganas de deshacerme de aquél orangután! ¡Que ganas de mandar toda aquella muchedumbre egocéntrica a la reverenda mierda, y volver a mi casa, deprimido y contento, con ganas de tomar una cerveza!

Lamentablemente y para mi anhelo, la situación se desenvolvía rápidamente como una película de Tarantino.

Seguimos corriendo como unos desaforados por el resto de la estación, subimos una y otra vez las escaleras, pasamos por la boletería mas o menos treinta y cuatro veces, hicimos inclusive pausas para ir al baño, derramar un poco de orina en el piso y volver, también ayudamos algún anciano que no podía subir las escaleras, fuimos amigos y enemigos, nos odiamos, hasta que procuramos seguir corriendo, escapándonos de todo.
Se me estaban acabando los cigarrillos y las ganas de ser un gladiador. Con la bestia pasaba lo mismo. Ya no corríamos fuerte, el me seguía a caballo y yo montado en Chewacca, nos disparábamos una serie de insultos, ofendiendo a nuestras madres, hijas, esposas, fervores religiosos, hasta nuestros propios órganos reproductores formaban parte de una prosa poética del mejor estilo Bukowskiano.
Sin más ganas de correr, fuimos llamados al programa de TV de una conductora dinosaurio, actriz de cine en la época de Bartolomé Mitre, aristócrata de alma, y completamente fruncida.
Nuestras posiciones eran muy diferentes: Yo anarquista y él represor. La vida y la muerte. Nietzsche y Dios en una mesa de debate, repartiéndose la fe religiosa, la aplicación ideológica y la última pata de Pavo que quedaba en la mesa.

Pasamos a penas tres horas en el programa (horrible por cierto debo aclarar) y comenzamos a correr nuevamente. Salimos del estudio por una puerta y aparecimos de nuevo en la boletería donde todo comenzó.
Nuestras energías llegaron al límite. Yo completamente agitado, con mi nuevo CD bajo el brazo, me dirigí desafiante hacía el Orangután, recordando un habla ermitaña lo mire a los ojos y le dije algunas cosillas.
Le había contado casi la historia de mi vida, de cómo había decidido convertirme en un escritor, cuanto me gustaba el anarquismo y porque Dios no me caía bien. La bestia se quedó impaciente y perpleja a la vez.
A través de nuestra discusión, nuestra conversación, y después de batallar en el coliseo romano, descubrimos que quizá ya no existían demasiados motivos para emprender una nueva persecución.

Sin embargo no tenía intenciones de pagar el boleto, y él no me dejaría pasar con la frente en alto, con el anarquismo bien inculcado pero al menos conseguiría volver a correr que tan bien hace al cuerpo.
Antes de poder llevar a cabo mis planes, la bestia atroz, sacó de su uniforme un termo, me convidó un mate con un bizcochito salado y me preguntó sobre el disco bajo el brazo.
Me quedé estupefacto, pues esta reacción no era lo que esperaba.
Acepté el amargo sin ninguna objetación, ingerí el liquido placenteramente, charlamos un rato y después recordé que era tarde.
Le devolví el mate, arrojándolo contra la boletería (por pura distracción) y comencé a correr desaforadamente. La bestia con una sonrisa dibujada, me siguió de nuevo, la misma historia, en el mismo lugar.
Tras unos pocos metros, di por abandonada mi carrera de gladiador, puesto que el pavimento se estrelló con mi cara, y tras un rotundo, espinoso y rutilante dolor, caí al piso.

Desperté sobresaltado, en mi cama, con Vicky al lado mío, durmiendo lo más tranquila.
Mi ropa estaba tirada en el piso, igual que aquel CD, y lo más extraño de todo, un tema muy particular “Just like Honey” sonaba sobre mi oído izquierdo.
No pude llegar a comprender la anécdota. Sin demasiadas conclusiones, me levanté, abrí la heladera, destapé una cerveza y volví a la cama, escuchando de fondo aquel disco surrealista que me había acompañado en un viaje inolvidable.



20080623

Alterego

Que difícil ocurrencia la mía... crear una simbiosis de migo mismo, para oportunarme los momentos de tan deseado reconocimiento que es aquella actividad.

Que desventaja para mi mismo saber que todavía puedo emprender actividades de las cuales no me avergüence. La dificultad de mimetizarme con el entorno es otra vez la peor película que he visto.

Capaz hubiese estado más cobarde, crearme en torrentes de heroína, o jadeando ya vacío el vaso de cerveza, arruinarme las pestañas prendiendo fuego la profesión de tocar la eternidad.

De inmolarme la existencia en un placentero deseo de aquella mujer que todos merecemos.

Cuanta pestilencia me recuerdan los discos viejos que mañanas atrás se acostumbraron a desperdiciarme, menospreciarme y acomplejarse consigo mismo.

La melancolía ya no es un estado de animo.

Crearme al destino, es forjar el nuevo camino.

Acostarse con la fama lo dejo para las putas.

Tirarme de un balcón sin dientes es para el imbécil.

Mi suerte difiere de todas las otras, y deja pensante al peor de los caminantes, al paulatino retoque de tomar las riendas del descarriado entierro que me apetece en este instante.

Pero sin embargo, que difícil resulta, describirme, o describirla, o hacerlo, cuando ni siquiera conozco de que están hechos mis huesos, y mire por donde mire veo sangre, sudor y la mente del simio abierta como una flor de luto.

Espero ser cortés el próximo momento que nos encontremos, y dejar muy en claro cual es mi estado de animo, para que esta vez no me pidas nada más excepto lo que te puedo dar, y que la locura no viene acompañada de la buena calaña, que el cerdo es cada vez más inocente si lo pintan de verde, y que el porro existe para que te drogues y veas la realidad que concurre la esfera del burguesito porteño.

No te olvides de respirar y de decirme cosas al oído, o al menos inténtalo, sino fuera de mi cama, y no vuelvas para recuperar los collares perdidos, ni las joyas, ni tu buena intención de hacerme un favor.

Mejor andate, lejos donde los lobos te toquen y las arañas sean tu mejor maquillaje.

Yo voy estar esperando, la próxima oportunidad de ser una buena persona, voy a quedarme despierto para ver que tan lejos podés llegar, o que tanto te interesa compartir algo, más allá de que si fuese un jarro de cerveza, te lo reventaría en la cara, para que aquellos vidrios (quienes fueron tiempo atrás estacas de mi dolor) hoy se conviertan en tus más indiscriminadas sensaciones de tu pérfida y mal oliente vida, que el dinero te corrompe, ya no sentís nada, tus propios momentos se esfuman, tu pelo es de plástico y esos ojos hermosos que tenías cuando eras bonita, están ahora llenos de mierda, una mierda de la cual vos y yo somos producto.

Me importa un carajo ser un alcohólico, o un drogadicto, un compulsivo violento, o un ser humano. Espero que te des cuenta, que a veces lo bello debe ser destruido, y lo feo, los feos, debemos reinar aunque sea un rato para sentirnos sucios de vuelta, y poder darle mecha a la vida existencial que nos convierte en hijos de Urano.

No, no, no te preocupes hablo por los dos, ninguno te quiere más o menos, los dos estamos ahí, luchando contra nosotros mismos y mirándonos en el espejo protestante.

Quedáte tranquila ahí mismo, no te vamos a defraudar, o quizá si... pero ese es tu problema por buscar demasiado en lo poco que hay, por esperar un hombre en vez de un mounstro, y por ser demasiado escéptica para no entender las cuestiones vivenciales, y además por considerar que el matrimonio te va salvar de comerte la depresión inmune en la cual todos fracasamos, y no te creas que por bonita vas a escapar de aquel heroico destino.

Mientras tengamos cerveza querida, nada tenemos que temer....

Y si algún día nos volvemos a cruzar, tengo todavía lo tuyo, me encantaría dártelo, pero realmente preferí juntar todo en una gigante estocada de basura y quemarlo, para que huela a mierda, se esfumen los malos pensamientos y te jodas por haberme cagado los momentos que estaba triste. Ahora con una felicidad enorme, no se donde metérme las ganas....

Pero no te preocupes, aquí sigo y aquí seguiré, hasta que encuentre alguna razón para poder hacer algo útil.